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La Gran Fiesta del Barón Matadragones

Hace ochenta años, la guerra que transformó Meridian llegó a su fin… pero no todas sus consecuencias murieron con ella.

Durante el conflicto, los elfos recurrieron a una estrategia desesperada: la producción masiva de dragones. Criaturas nacidas para la guerra, criadas sin el tiempo, la disciplina ni el desarrollo que un dragón requiere para convertirse en algo más que un arma. Mientras la guerra duró, aquella decisión les dio fuerza. Cuando terminó, dejó tras de sí una catástrofe.

Sin mando, sin propósito y sin lugar dentro del nuevo orden, incontables dragones quedaron dispersos por las regiones que antes dominaban los elfos. Muchos de ellos eran violentos, erráticos, incapaces de adaptarse a cualquier forma de paz. Lo que una vez fue un recurso militar se convirtió en una plaga que arrasó caminos, campos y aldeas enteras, alterando el equilibrio natural de la región y sembrando terror allí donde antes solo había quedado cansancio de guerra.

Fue entonces cuando apareció Valter Wischard.

En aquel tiempo era un hechicero joven, pero ya temido por su talento con la magia y la alquimia. Mientras otros intentaban reconstruir lo perdido o simplemente sobrevivir al aftermath del conflicto, Valter tomó sobre sí la tarea de acabar con la plaga de dragones que había quedado como herencia de la guerra.

Sin embargo, la historia jamás fue tan simple como “un hombre contra las bestias”.

La gran mayoría de aquellos dragones producidos en masa eran considerados inadaptados, estúpidos o criminales incluso dentro de las propias normas sociales de los dragones. Habían sido creados para servir como carne de cañón, sin respeto por su naturaleza ni cuidado en su formación. Para las altas castas dracónicas, los dragones antiguos, grandes y poderosos, aquellas criaturas no eran dignas herederas de su especie, sino una deformación de su linaje, un exceso nacido de la guerra y de la desesperación élfica.

Y por ello, las castas altas tomaron una decisión inesperada.

Se aliaron con Valter.

Así, mientras el resto del mundo creyó ver a un cazador exterminando monstruos, lo que realmente ocurrió fue algo mucho más extraño y más inquietante: una limpieza pactada entre un hechicero humano y los dragones más poderosos, orgullosos e inteligentes de la región. Fue esa alianza la que permitió erradicar a la plaga y devolver cierto balance a la naturaleza. Y, de forma sorprendente, incluso muchos elfos de la región terminaron aliviados ante el fin del caos que aquellas criaturas habían dejado tras de sí.

De aquella hazaña nació el nombre que marcaría para siempre a Valter Wischard:

El Matadragones.

Y también nació una pregunta que aún persigue su leyenda.

¿Cómo logró matar a tantos dragones?

La respuesta que él siempre da es la misma:

“Hablé con los dragones.”

Con el tiempo, esa victoria dejó de ser solo una proeza militar y se convirtió en símbolo. Para conmemorar el día en que los humanos y los dragones, aunque fuera por conveniencia, lograron entenderse, Valter comenzó a celebrar una gran fiesta. Año tras año, la celebración se repitió, hasta convertirse en una tradición de su casa, de su ciudad y, para muchos, de toda la región.

Han pasado ya ochenta años desde el final de la guerra. Como cualquier hombre, Valter debió haber envejecido con ellas. Pero gracias a su dominio de la magia y la alquimia, el tiempo apenas dejó huella sobre su cuerpo. Aunque en verdad cuenta con ciento cinco años, conserva el aspecto y la vitalidad de un hombre de mediana edad, como si la vejez jamás hubiera logrado alcanzarlo.

Hoy, una vez más, la tradición se cumple.

En la ciudad de [[Alkinsi]], el Barón Valter Wischard abre las puertas de su dominio para celebrar la Gran Fiesta. Políticos, nobles, emisarios y figuras importantes de distintos rincones de Meridian asisten al evento: algunos para disfrutar del espectáculo, otros para negociar alianzas y favores, y otros simplemente para contemplar de cerca a las criaturas más majestuosas y temidas de la historia reciente.

En los cielos, los dragones vuelan entre torres y tejados, y exhalan fuego no para destruir, sino para dibujar destellos sobre la noche, como si ellos mismos fueran fuegos artificiales vivientes. En las calles, los humanos comen, beben, bailan y celebran bajo una paz tan hermosa como extraña.

En la explanada central del pueblo, hay una exhibición de huesos de dragones, cuernos, garras, dientes, pieles y trofeos de una época sangrienta que aún define su fama y todo eso guiado por los subordinados de Valter que están a cargo de [[Maggie Karp]], puestos de comida, recitales sobre las hazañas de Valter, historia de la región y un número especial que cuenta la historia trágica de Valter sobre un teatro.

Y en el centro de todo se alza la mansión de Valter: una residencia que parece más un museo que un hogar, repleta de esqueletos de dragones,

Allí espera el Barón.

El hombre que exterminó la plaga.
El hombre que dice haber hablado con dragones.
El hombre que convirtió una victoria imposible en una tradición.