Trasfondo
Valter Wischard nació en una época en que el mundo todavía estaba aprendiendo a medir las consecuencias de la guerra. De joven fue un hombre brillante, curioso y peligrosamente perseverante, atraído por dos disciplinas que rara vez conviven sin corromperse mutuamente: la hechicería y la alquimia. Donde otros veían superstición o simple poder, Valter veía estructuras, patrones, causas y posibilidades. Esa forma de pensar lo volvió útil muy pronto, primero como estudioso, luego como hechicero, y finalmente como una figura imprescindible en tiempos de crisis.
Durante la gran guerra que redefinió el equilibrio entre razas, los dragones dejaron de ser únicamente criaturas antiguas y temibles para convertirse también en instrumentos de conflicto. Fueron criados, manipulados, desplazados y usados como armas por fuerzas que apenas comprendían la magnitud de lo que estaban desatando. Cuando la guerra terminó, la victoria no trajo paz inmediata: dejó tras de sí una plaga viva. Drakons trastornados, wyverns enloquecidos, engendros nacidos de cruzas antinaturales y bestias expulsadas incluso por sus propias jerarquías convirtieron regiones enteras en territorios imposibles. La guerra había terminado para los reinos, pero no para la tierra.
Fue entonces cuando Valter hizo aquello que lo convertiría en leyenda.
Durante años recorrió montañas, valles calcinados, bosques destruidos y nidos olvidados, cazando a los dragones que habían quedado fuera del orden natural. Pero la historia pública simplificó lo ocurrido. No fue una cruzada ciega contra toda criatura dracónica. Valter comprendió pronto que no todos los dragones eran iguales: algunos eran bestias arruinadas por la guerra; otros, seres antiguos que conservaban estructura, memoria y jerarquía. En vez de lanzarse a una aniquilación indiscriminada, buscó a las castas altas, habló con ellas y negoció una solución brutal pero estable. Aquellos dragones que aún reconocían ley, equilibrio y territorio aceptaron cooperar en la erradicación de las aberraciones que amenazaban con destruirlo todo. Desde entonces, cuando alguien le pregunta cómo logró exterminar una plaga de dragones sin desaparecer él también, Valter responde con la misma frase seca y desconcertante: hablé con ellos.
Esa respuesta alimentó su mito tanto como sus victorias.
Con el tiempo, el nombre de Valter Wischard quedó unido para siempre al título de Matadragones, aunque quienes saben leer entre líneas entienden que su verdadera hazaña no fue solo matar, sino imponer un nuevo equilibrio tras el desastre. Su mansión se convirtió en archivo, museo y monumento viviente a aquella era: huesos, garras, escamas, cráneos, alas disecadas, fórmulas alquímicas y reliquias de antiguas cacerías adornan sus salones como trofeos, advertencias y propaganda. Allí mismo instauró la gran fiesta que lleva décadas celebrándose, una tradición nacida no solo del orgullo, sino del mensaje político que le convenía fijar en la memoria colectiva: el mundo sobrevivió porque alguien estuvo dispuesto a hacer lo necesario.
Hoy Valter tiene más de un siglo de vida, aunque aparenta bastante menos. La alquimia, la magia y una disciplina casi enfermiza le han permitido conservarse con una dignidad extraña, como si el tiempo avanzara sobre él con cautela. Organiza banquetes, colecciona reliquias, recibe invitados y cultiva cuidadosamente su imagen pública, pero detrás del anfitrión refinado sigue existiendo el hombre que entendió demasiado bien lo que cuesta fundar la paz después de una guerra. Es carismático, elegante y ceremonioso, pero también calculador, implacable y perfectamente capaz de justificar horrores si cree que garantizan estabilidad. Algunos lo veneran como héroe. Otros lo consideran un verdugo con modales. Ambos tienen razón.